miércoles, 1 de febrero de 2012

Sin color


Había una vez un árbol triste y oscuro que dibujaba su silueta contra el cielo nublado. Un cielo nublado perenne en un mundo en el que el sol no salía nunca, en donde siempre era otoño y el verano no llegaba jamás.

Era un árbol sin hojas porque cada vez que brotaban, ese mismo día se las llevaba el viento. La falta de sol no permitía colores. Un mundo entero de tonalidades de gris. Más gris, menos, gris. Gris más oscuro, gris más claro.

Y a los pies del árbol, un banco viejo y estropeado por los años, cubierto por las hojas grises que caían del árbol, y en ese árbol, una niña que pasaba las horas sentada, y que sin levantar la vista, había perdido la esperanza de que las cosas cambiaran.


Solo gris y charcos en el suelo en los que no se reflejaban los colores, solo las formas borrosas de las cosas.



Y en ese mundo gris el árbol miraba desde lo alto luchando por sobrevivir porque sabía que no le quedaba otra. Era eso, luchar o morir y no quería perecer sin más, sin haber luchado. Y a sus pies la niña que había perdido la esperanza de volver a sentir.

¿Quién era el que había robado los colores, el que se había llevado el sol y lo había cubierto de nubes? ¿Quién sería el culpable de la falta de esperanza para unas hojas que no terminaban de crecer nunca, para una niña que no sabía sentir?
Nadie lo sabía.

Un día la niña levantó la vista mirando hacia el árbol y le preguntó:

- ¿Porqué solo te crecen hojas grises?
- No lo se - contestó el árbol -, yo no hago nada especial.
- ¿Y si lo hicieras? - preguntó de nuevo la niña-. Tal vez si hicieras algo especial, las hojas serían verdes, y ese verde contagiaría a las otras cosas para que volvieran a adquirir su color.



El árbol se quedó atónito. Nunca había pensado que el cambio podría estar en su mano. Solo era cuestión de intentarlo. Y así hizo, lo intentó, y las hojas brotaron verdes, y el verde trajo el amarillo, y los marrones, los rojos, los naranjas, los tonos lila, y el cielo se tornó azul, y las nubes se apartaron y todos los colores volvieron.

Desde entonces, la niña nunca volvió a mirar hacia abajo.











Fotos: SuperG
Árbol en sombras. Alcalá de Henares. Hecha con la Nikon D40..
Charcos en el suelo. Alcalá de Henares. Hecha con la Nikon D40.
Otoño. Cahors, Francia. Hecha con la Nikon D40..
Texto: SuperG