domingo, 29 de agosto de 2010

El encuentro

Todas las mañanas pasaba por debajo de su cama, a toda velocidad, haciendo un ruido infernal con el roce de las ruedas en los raíles.

Ella no se da cuenta de su paso.
Él de su sueño.

Dormida. Plácidamente envuelta en el calor de las sábanas, varias decenas de metros por encima.

Sentado en el vagón, embebido en la lectura, varias decenas de metros por debajo.

Por un momento mínimo, coincidían sin saberlo en el mismo punto. Todos los días, a la misma hora. Uno embebido en la lectura. La otra en los brazos de Morfeo. Un día tras otro. Y otro.

Hasta que un día ocurrió lo inevitable. Entre sueños extrajo su brazo de entre las sábanas, lo estiró, y lo estiró, hacia abajo…, más abajo…, atravesando cada capa de suelo…, una y otra, hasta que llegó hasta él, justo cuando pasaba. En el preciso instante de tiempo en el que coincidían en el mismo lugar. Le agarró con su mano y le atrajo hacia ella.

- Hola. Que gusto conocerte.
- El gusto es mío.